La Ciudad de México es un espacio donde interactuamos en nuestro actuar cotidiano, un espacio que compartimos con millones de personas, en el que día con día miles de acontecimientos toman lugar sin que los percibamos.
Esta interacción dentro de este espacio crea una interpretación simbólica de lo que es el ser un chilango. Tal vez sea muy apresurado recurrir a este gentilicio, pero es el que la mayoría hemos apropiado para definirnos como habitantes de ésta gran urbe.
Entonces, nos identificamos con este espacio, creamos una significación de los acontecimientos que van tomando un lugar en nuestra conciencia.
Aprendemos a comportarnos dentro de la ciudad, sabiendo qué hacer (o no) dentro de una lógica ciudadana. Pero aquí la cuestión es preguntarnos de qué manera se forman esas formas no escritas que están generalizadas en la población del D.F. Es decir, ya no nos preguntarnos cómo comportarnos en el metro, en el “pecero”, en el tráfico inevitable a que nos enfrentamos día a día. Estas pautas de comportamiento son aprehendidas socialmente de acuerdo a una dinámica de significación de lo que es ser un ciudadano.
Por otro lado, normalizamos las cosas que están fuera del deber ser legal, del comportamiento ciudadano reglamentado; lo que significa que vemos como normales los problemas a los que nos enfrentamos diariamente. Sin la intención de caer en una interpretación romántica de una identidad ciudadana, podemos ver cómo un ciudadano experiencia una diversa serie de acontecimientos, de los cuales forma una concepción o una forma de actuar de acuerdo a ellos. Siendo habitante de una de las principales ciudades del mundo, junto con Nueva York y Sao Paolo, es necesario aprender la forma de subirnos al metro a las 7:30 de la mañana en Centro Médico, buscar los medios para llegar a tiempo a nuestro destino. Tomamos como ya dados ciertos problemas y actuamos conforme a esa concepción ya normal del tráfico, del estrés urbano, de la descortesía de los choferes, de los ya clásicos “ayudantes” que nos aturden los oídos con gritos que apelan a informar sobre el destino de la ruta en la que trabajan. Aprendemos a comportarnos en el siempre caótico pero ordenado paso de la calle a los servicios de transporte público; aprendemos a ponernos en primer lugar, a no dejar pasar al coche de al lado, a entrar a empujones al vagón del metro, a irnos parados en la puerta de los camiones. Es esa forma tan especial que tenemos los chilangos de aprehender una realidad caóticamente ordenada. Caótica porque dentro de la lógica del comportamiento ciudadano no debería ser así, pero ordenada al mismo tiempo porque existe en el imaginario colectivo la idea de cómo comportarnos diariamente a esos problemas. Es decir, de acuerdo a esa problemática urbana diaria, confrontamos nuestra experiencia y conformamos nuevos métodos de enfrenarnos a esa realidad ya no caótica, sino ordenada de acuerdo a la idea de que esos problemas ya son normales, ya son lo cotidiano.
Esta interacción dentro de este espacio crea una interpretación simbólica de lo que es el ser un chilango. Tal vez sea muy apresurado recurrir a este gentilicio, pero es el que la mayoría hemos apropiado para definirnos como habitantes de ésta gran urbe.
Entonces, nos identificamos con este espacio, creamos una significación de los acontecimientos que van tomando un lugar en nuestra conciencia.
Aprendemos a comportarnos dentro de la ciudad, sabiendo qué hacer (o no) dentro de una lógica ciudadana. Pero aquí la cuestión es preguntarnos de qué manera se forman esas formas no escritas que están generalizadas en la población del D.F. Es decir, ya no nos preguntarnos cómo comportarnos en el metro, en el “pecero”, en el tráfico inevitable a que nos enfrentamos día a día. Estas pautas de comportamiento son aprehendidas socialmente de acuerdo a una dinámica de significación de lo que es ser un ciudadano.
Por otro lado, normalizamos las cosas que están fuera del deber ser legal, del comportamiento ciudadano reglamentado; lo que significa que vemos como normales los problemas a los que nos enfrentamos diariamente. Sin la intención de caer en una interpretación romántica de una identidad ciudadana, podemos ver cómo un ciudadano experiencia una diversa serie de acontecimientos, de los cuales forma una concepción o una forma de actuar de acuerdo a ellos. Siendo habitante de una de las principales ciudades del mundo, junto con Nueva York y Sao Paolo, es necesario aprender la forma de subirnos al metro a las 7:30 de la mañana en Centro Médico, buscar los medios para llegar a tiempo a nuestro destino. Tomamos como ya dados ciertos problemas y actuamos conforme a esa concepción ya normal del tráfico, del estrés urbano, de la descortesía de los choferes, de los ya clásicos “ayudantes” que nos aturden los oídos con gritos que apelan a informar sobre el destino de la ruta en la que trabajan. Aprendemos a comportarnos en el siempre caótico pero ordenado paso de la calle a los servicios de transporte público; aprendemos a ponernos en primer lugar, a no dejar pasar al coche de al lado, a entrar a empujones al vagón del metro, a irnos parados en la puerta de los camiones. Es esa forma tan especial que tenemos los chilangos de aprehender una realidad caóticamente ordenada. Caótica porque dentro de la lógica del comportamiento ciudadano no debería ser así, pero ordenada al mismo tiempo porque existe en el imaginario colectivo la idea de cómo comportarnos diariamente a esos problemas. Es decir, de acuerdo a esa problemática urbana diaria, confrontamos nuestra experiencia y conformamos nuevos métodos de enfrenarnos a esa realidad ya no caótica, sino ordenada de acuerdo a la idea de que esos problemas ya son normales, ya son lo cotidiano.

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