Pues ahí estabamos, mis compañeros y yo. Un viernes como cualquier otro pasó sin ninguna cosa inesperada, sin contar que el maestro de la primera y única clase (cabe mencionar a las siete de la mañana), no llegó. Muy frustante en principio...
Pero como dije, un viernes como cualquiera, sin mucha actividad más que la interminable fila de las copias. Algunos momentos de compañía con personas amenas que pasan desapercibidos en la marea de instantes de un día como cualquier otro... otra vez...
De pronto ahí está ella... como siempre y donde siempre. Rodeada de sus no agraciadas amigas, sentada como siempre, fumando, siendo lo que me hace pensar que vale la pena acercarme y decir algunas palabras que empiezen una verdadera y larga historia. Pero al igual que siempre, llega la incertidumbre de no saber que hacer. Llega el punto donde pasas de voyeur a stucker. Pero aún, el día sigue igual, esperas a tus amigos, te fumas unos cuantos cigarros, critícas a la gente que pasa, critícas a la gente con la que platicas, gente pretensiosa y preocupada por crear una imágen... ya no diré más.
Te encuentras con el tercio que faltaba para que la compañía está completa, caminas hacia la explanada y de pronto ahí esta otra vez. Pero algo pasa que no habías advertido, que no incluiste antes en tu plan de cortejo (jajaja, que buena palabra tan decimonónica). Un hombre, tomemos tiempo para mostrar nuestro descontento y describirlo. Como siempre, no ves la totalidad de la persona, por miedo a que noten que estás volteando para donde se encuentran; un individuo de playera roja, gastada por el tiempo y por el uso. Un sujeto fofo, por no encontrar una manera más ardida y arisca de describirlo, con barba, feo tanto desde mi punto de vista, como el de mis compañeros, que refuerzan mi opinion sobre tal sujeto...
...va junto a ella, la acompaña, te volteas para que no noten tu prescencia, pero tus fieles paladines quedan vigilando el frente, cuando de pronto anuncian el inicio de la batalla: van tomados de la mano, en el momento en que volteaste lo soltó. Quién sabe como debes de interpretar eso, así que decides decir: que se vaya al carajo, ni quien quiera!!! Ja...
Al fin y al cabo ni me gusta como se vestía, ni el grupo de amigas con el que se encontraba, pero aún así, te encantaba bajar la pesada escalinata desde la biblioteca hasta el auditorio, voltear hacia servicios escolares y darte cuenta de que ahi estaba, fiel al intercambio de miradas (fue una ilusión???). Recuerdo aquel día en que el señor Salmerón y yo retozabamos en la sombra del auditorio, cuando los dos al mismo tiempo nos pudimos dar cuenta que "la chica" lanzaba una mirada de reojo hacia nos encontrabamos, qué fue eso? ilusión? una señal de aquellas que los hombres y me han dicho también las mujeres, malinterpretamos? En fin, ahora, todo el intento de ganar aplomo para decirle "hola", se fue junto con el viento de la falsa lluvia anunciada hoy, 26 de julio...
mai 26, 2006
mai 24, 2006
La gran quemada con el café o final de un día extraño
Otra vez...
...muy tarde por la noche. Bajas por una taza de café que irremediablemente no te dejará dormir antes de las tres de la mañana. Una vez más te preguntas por qué sigues haciendo esto aunque sabes las consecuencias de tus acciones. El sentido común una vez más nos falló...
Estás seguro que el líquido no está caliente, ya que lo pusiste hace una hora y alguien oportunamente apagó la cafetera, por lo que sería imposible que siguiera a una alta temperatura. Pero como siempre, las cosas no salieron como esperabas; el café te quema y te lamentas por no haber puesto más atención. Pero esto solo es un hecho que hará culminar tu día de manera fatídica, ya que nada puede pasar cuando estas frente a un monitor, o al menos eso piensas hasta que se va la luz (que no fue en este caso).
¿Cómo puedes estar tranquilo cuando todos atúan en su vida de manera tan cotidiana, al tiempo que tu interpretas todo como surreal? La gente en el indomable transporte público se transforma día con día, a medida que pasa el tiempo las caras cambian, pero tu eres el mismo o al menos pretendes o crees serlo. La mañana pasó como siempre, a pesar de no haber llegado a tu primera clase, lo cual no importa, porque piensas que al maestro le importa poco que asistas siempre y cuando entregues los trabajos puntual o impuntualmente, qué más da, al fin y al cabo es un filósofo.
Rara la sensación que llega día con día, la no pertenencía en el mundo, síno solo como ente difuminada dentro de toda la gente que va día a día pasando sin notar absolutamente nada del mundo....
...el hastío llego y piensas en no escribir más.
...muy tarde por la noche. Bajas por una taza de café que irremediablemente no te dejará dormir antes de las tres de la mañana. Una vez más te preguntas por qué sigues haciendo esto aunque sabes las consecuencias de tus acciones. El sentido común una vez más nos falló...
Estás seguro que el líquido no está caliente, ya que lo pusiste hace una hora y alguien oportunamente apagó la cafetera, por lo que sería imposible que siguiera a una alta temperatura. Pero como siempre, las cosas no salieron como esperabas; el café te quema y te lamentas por no haber puesto más atención. Pero esto solo es un hecho que hará culminar tu día de manera fatídica, ya que nada puede pasar cuando estas frente a un monitor, o al menos eso piensas hasta que se va la luz (que no fue en este caso).
¿Cómo puedes estar tranquilo cuando todos atúan en su vida de manera tan cotidiana, al tiempo que tu interpretas todo como surreal? La gente en el indomable transporte público se transforma día con día, a medida que pasa el tiempo las caras cambian, pero tu eres el mismo o al menos pretendes o crees serlo. La mañana pasó como siempre, a pesar de no haber llegado a tu primera clase, lo cual no importa, porque piensas que al maestro le importa poco que asistas siempre y cuando entregues los trabajos puntual o impuntualmente, qué más da, al fin y al cabo es un filósofo.
Rara la sensación que llega día con día, la no pertenencía en el mundo, síno solo como ente difuminada dentro de toda la gente que va día a día pasando sin notar absolutamente nada del mundo....
...el hastío llego y piensas en no escribir más.
mai 21, 2006
Crónica de ciudad
La Ciudad de México es un espacio donde interactuamos en nuestro actuar cotidiano, un espacio que compartimos con millones de personas, en el que día con día miles de acontecimientos toman lugar sin que los percibamos.
Esta interacción dentro de este espacio crea una interpretación simbólica de lo que es el ser un chilango. Tal vez sea muy apresurado recurrir a este gentilicio, pero es el que la mayoría hemos apropiado para definirnos como habitantes de ésta gran urbe.
Entonces, nos identificamos con este espacio, creamos una significación de los acontecimientos que van tomando un lugar en nuestra conciencia.
Aprendemos a comportarnos dentro de la ciudad, sabiendo qué hacer (o no) dentro de una lógica ciudadana. Pero aquí la cuestión es preguntarnos de qué manera se forman esas formas no escritas que están generalizadas en la población del D.F. Es decir, ya no nos preguntarnos cómo comportarnos en el metro, en el “pecero”, en el tráfico inevitable a que nos enfrentamos día a día. Estas pautas de comportamiento son aprehendidas socialmente de acuerdo a una dinámica de significación de lo que es ser un ciudadano.
Por otro lado, normalizamos las cosas que están fuera del deber ser legal, del comportamiento ciudadano reglamentado; lo que significa que vemos como normales los problemas a los que nos enfrentamos diariamente. Sin la intención de caer en una interpretación romántica de una identidad ciudadana, podemos ver cómo un ciudadano experiencia una diversa serie de acontecimientos, de los cuales forma una concepción o una forma de actuar de acuerdo a ellos. Siendo habitante de una de las principales ciudades del mundo, junto con Nueva York y Sao Paolo, es necesario aprender la forma de subirnos al metro a las 7:30 de la mañana en Centro Médico, buscar los medios para llegar a tiempo a nuestro destino. Tomamos como ya dados ciertos problemas y actuamos conforme a esa concepción ya normal del tráfico, del estrés urbano, de la descortesía de los choferes, de los ya clásicos “ayudantes” que nos aturden los oídos con gritos que apelan a informar sobre el destino de la ruta en la que trabajan. Aprendemos a comportarnos en el siempre caótico pero ordenado paso de la calle a los servicios de transporte público; aprendemos a ponernos en primer lugar, a no dejar pasar al coche de al lado, a entrar a empujones al vagón del metro, a irnos parados en la puerta de los camiones. Es esa forma tan especial que tenemos los chilangos de aprehender una realidad caóticamente ordenada. Caótica porque dentro de la lógica del comportamiento ciudadano no debería ser así, pero ordenada al mismo tiempo porque existe en el imaginario colectivo la idea de cómo comportarnos diariamente a esos problemas. Es decir, de acuerdo a esa problemática urbana diaria, confrontamos nuestra experiencia y conformamos nuevos métodos de enfrenarnos a esa realidad ya no caótica, sino ordenada de acuerdo a la idea de que esos problemas ya son normales, ya son lo cotidiano.
Esta interacción dentro de este espacio crea una interpretación simbólica de lo que es el ser un chilango. Tal vez sea muy apresurado recurrir a este gentilicio, pero es el que la mayoría hemos apropiado para definirnos como habitantes de ésta gran urbe.
Entonces, nos identificamos con este espacio, creamos una significación de los acontecimientos que van tomando un lugar en nuestra conciencia.
Aprendemos a comportarnos dentro de la ciudad, sabiendo qué hacer (o no) dentro de una lógica ciudadana. Pero aquí la cuestión es preguntarnos de qué manera se forman esas formas no escritas que están generalizadas en la población del D.F. Es decir, ya no nos preguntarnos cómo comportarnos en el metro, en el “pecero”, en el tráfico inevitable a que nos enfrentamos día a día. Estas pautas de comportamiento son aprehendidas socialmente de acuerdo a una dinámica de significación de lo que es ser un ciudadano.
Por otro lado, normalizamos las cosas que están fuera del deber ser legal, del comportamiento ciudadano reglamentado; lo que significa que vemos como normales los problemas a los que nos enfrentamos diariamente. Sin la intención de caer en una interpretación romántica de una identidad ciudadana, podemos ver cómo un ciudadano experiencia una diversa serie de acontecimientos, de los cuales forma una concepción o una forma de actuar de acuerdo a ellos. Siendo habitante de una de las principales ciudades del mundo, junto con Nueva York y Sao Paolo, es necesario aprender la forma de subirnos al metro a las 7:30 de la mañana en Centro Médico, buscar los medios para llegar a tiempo a nuestro destino. Tomamos como ya dados ciertos problemas y actuamos conforme a esa concepción ya normal del tráfico, del estrés urbano, de la descortesía de los choferes, de los ya clásicos “ayudantes” que nos aturden los oídos con gritos que apelan a informar sobre el destino de la ruta en la que trabajan. Aprendemos a comportarnos en el siempre caótico pero ordenado paso de la calle a los servicios de transporte público; aprendemos a ponernos en primer lugar, a no dejar pasar al coche de al lado, a entrar a empujones al vagón del metro, a irnos parados en la puerta de los camiones. Es esa forma tan especial que tenemos los chilangos de aprehender una realidad caóticamente ordenada. Caótica porque dentro de la lógica del comportamiento ciudadano no debería ser así, pero ordenada al mismo tiempo porque existe en el imaginario colectivo la idea de cómo comportarnos diariamente a esos problemas. Es decir, de acuerdo a esa problemática urbana diaria, confrontamos nuestra experiencia y conformamos nuevos métodos de enfrenarnos a esa realidad ya no caótica, sino ordenada de acuerdo a la idea de que esos problemas ya son normales, ya son lo cotidiano.
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